viernes, 10 de diciembre de 2010

Pornografía

“Oh, qué será, qué será, que vive en las ideas de los amantes, que cantan los poetas más delirantes, que juran los profetas emborrachados. Está en la romería de los mutilados, está en la fantasía de los infelices, está en el día a día de las meretrices, en todos los bandidos y desvalidos. En todos sus sentidos, será qué será, que no tiene decencia y nunca tendrá, que no tiene censura y nunca tendrá, y le falta sentido”, Willie Colón, ‘Oh qué será.

PUES, ¡SEXO!, ¿QUÉ MÁS VA A SER? Deleite para el género humano y uno que otro mamífero, motivación de motivaciones, razón de discordias, peleas y matrimonios rotos, ardid de obsesiones, catalizador de tragedias, tormento adolescente, herramienta de poder, estrategia publicitaria y hasta mercancía altamente valorada.
   

Sí, desde siempre el ser humano se ha valido del sexo para alcanzar diferentes propósitos. Unos nobles, otros cuestionables y hasta los más perversos han tenido cabida en su trasegar histórico. Tal vez una de las vertientes más conocidas sea la pornografía, el tema que nos ocupa hoy.

Esta palabra proviene del término griego πορνογραφíα. La adaptación al castellano se divide en porne (prostituta), y grafía (descripción), traduciéndose como la definición del ejercicio de esta práctica y de las personas que la desempeñan. Hoy se entiende, por pornografía, toda representación de actos sexuales, con el fin de producir excitación en los espectadores. La RAE la define como "carácter obsceno de las obras literarias o artísticas“.

En la antigüedad encontramos múltiples representaciones del cuerpo humano desnudo, así como de diversas actividades sexuales, pero no con fines eróticos sino mágicos (atraer la fertilidad) o formativos (ilustrar a la población o dejar constancia), tales como las , los templos de Khajuraho, el Kama Sutra o los frescos de Pompeya.

Aunque la difusión del cristianismo prohibió tales reproducciones, durante el renacimiento hubo diversos artistas que dedicaron sus obras al éxtasis físico (sexual o místico), como Bernini, (ver ‘Éxtasis de Santa Teresa y ‘Éxtasis de la beata Ludovica Albertoni’).

Fue sobre 1839, con la invención del daguerrotipo, que se difundieron las fotos de desnudos y coito, con fines comerciales. Y cuando el cinematógrafo (1895) permitió la proyección de imágenes en movimiento, la producción se amplió aun más. Un año después se conocería la primera película con el erotismo como tema central (un striptease), bajo el nombre de Lèar.
La pornografía entró al siglo XX bajo estrictas prohibiciones, lo que sólo aumentó sus adeptos y distribución clandestina. En los años 40 se le rotuló como ‘cine azul’, y no fue hasta los años 70 cuando se diferenció entre modalidad suave (softcore) o ‘S’, media (mediumcore) o ‘M’ y extrema (hardcore) o ‘X’, para diferenciar su nivel de explicitud en las escenas. La década del 60 y su revolución sexual -en Estados Unidos-, trajo como consecuencia una aceptación mayor del género. Pero fue Europa quien dio el siguiente gran paso, cuando Dinamarca legalizó el hardcore (1969), seguida por los Países Bajos.
Simultáneamente, al otro lado del Atlántico, E.E.U.U vivía la ‘Edad de Oro’ del cine porno, que se extendió hasta 1975. En el 70 se conoció la primera película explícita –con distribución masiva- en el país, bajo el nombre de Mona, the Virgin Nymph. Dos años después se realizaría el filme más famoso de su categoría: Deep Throat (Garganta Profunda), y surgiría el pionero en la temática gay, titulado Boys in the Sand (1971), que pasó a la historia por ser el primero (del género) en incluir créditos, parodiar el título de una película convencional (The Boys in the Band), y ser analizada por el diario The New York Times.
La proyección pornográfica en cines vio su final en los años 80, cuando aparecieron las cámaras de vídeo y reproductores domésticos, lo que permitió rodar películas a muy bajo costo y verlas en el anonimato de los hogares. De hecho, la derrota del sistema VHS frente a Sony Betamax (técnicamente superior), se atribuye a que los pornógrafos comenzaron a distribuir sus cintas en el primer formato, ya que resultaba más barato. Esto ocasionó que los usuarios comenzaran a reemplazar el ‘Beta’ por este nuevo aparato, obligando al resto de la industria cinematográfica a ofrecer sus producciones en VHS. Increíble, ¿no?
La innegable rentabilidad de este negocio trajo consigo mucho más que fuertes dividendos y ‘barbies’ de carne y hueso inundando la pantalla. En 1980 tuvo lugar el primer brote masivo de VIH (SIDA), ocasionando la muerte a varios actores eróticos. A raíz de esto, se creó en Estados Unidos la ‘Fundación Médica para la Industria del Cine Adulto’, que estableció pruebas mensuales, lo que redujo el contagio de ETS (enfermedades de transmisión sexual), aunque se presume que hay casos no reportados. A pesar de estos antecedentes, en 1987, Estados Unidos legalizó el hardcore. Lo más irónico es que, al día de hoy, aun no se ha regulado el uso del condón en estos filmes, pues los mismos realizadores y actores se oponen.
Los años 90 trajeron sistemas de difusión como la World Wide Web y el formato DVD, lo que le dio un nuevo impulso al porno, mejorando su calidad audiovisual y llevando la video tienda al computador de la casa, bastando un click para descargar todo el contenido imaginable. Como resultado, en 2001 los ingresos (sólo para E.E.U.U) por pornografía alcanzaron la impresionante cifra de casi 4.ooo millones de dólares, repartidos así: vídeos, 1.800 millones; Internet, 1.000 millones; Revistas, 1.000 millones; cable (‘pague por ver’), 128 millones; y Telefonía (líneas calientes), 30 millones.
Y mientras las ganancias aumentaban, superando a Hollywood en 2005, un nuevo contagio masivo de VIH cobró las vidas de otros cinco actores, impulsando nuevos estudios que arrojaron conclusiones como que el porcentaje de ETS era mayor en actores eróticos que en el resto de la población, que el 50% de los actores de porno gay son portadores del SIDA, y que sólo un 20% -de todos- usa condón en grabaciones (estadísticas vigentes).
Hoy, sigue siendo Estados Unidos el mayor productor y consumidor mundial de pornografía, con Los Ángeles (California) como epicentro, más específicamente, el sector de San Fernando Valley. Hungría, por su parte, encabeza la industria europea.
La pornografía en Latinoamérica y Colombia
Debido a la influencia moralizante del cristianismo, la producción regional no ha tenido mucha acogida entre el público. Actualmente, sólo Brasil (que lleva la delantera con 20 películas anuales), Argentina y México, cuentan con una producción continua de filmes eróticos. Países como Colombia, Chile y Perú, realizan entre dos o tres al año.
La historia nacional comienza a mediados de los años 70, con Colombia como pionera junto a Brasil. Hoy, es Bogotá el ‘principal centro de operaciones’. En literatura resalta el best seller de Hernán Hoyos, Crónicas de la vida sexual (1940). Y, a nivel de televisión, existe un canal 24 horas, Kamasutra, creado por la empresaria del porno Andrea García, con difusión en Medellín. Los actores más reconocidos han sido: Gina Carrera (pionera en Colombia), quien participó en diversas producciones de alto presupuesto en Estados Unidos durante los años 80, y regresó posteriormente al país, consumida por el alcohol y el bazuco; y Jaime Ramírez, mejor conocido como Rasputín, quien cuenta con un incipiente ‘club de fans’ en Facebook.

Mucho se dice hoy en día sobre la pornografía. No falta quien habla a través de sus intereses y arguye que es ‘arte’, pues expresa la belleza de la sexualidad (¡por favor!). O que, si hoy se menosprecia es porque falta comprensión, tal como con el trabajo de Vincent Van Gogh o Pablo Picasso, en su momento (¿?). Otros, menos amañados, sostienen que es una forma de entretenimiento, y que no debe ser penalizada mientras no dañe la integridad de ninguna persona (descontando el VIH, claro) ni se la exponga más allá de su voluntad. A nivel científico, algunos estudiosos aseguran que la mayoría de las personas sólo buscan canalizar sus fantasías a través de la pantalla, que diferencian la realidad de la ficción, que no buscan recrear con su pareja lo visto, y que los consumidores de pornografía no son más violentos (sexualmente) con respecto a los que no.
Por el contrario, otros estudiosos argumentan que desvincula la sexualidad del amor, la delicadeza, el cuidado y el compromiso; promueve la promiscuidad, la infidelidad y el homosexualismo, banalizando riesgos como el contagio de ETS; alienta las relaciones de poder y dominación, ya que las mujeres -por lo regular- aparecen en una actitud servil; trastorna las expectativas del consumidor, que siente un progresivo desinterés por las relaciones de pareja cotidianas en la intimidad de su hogar; y menosprecia a la mujer, desconociendo sus deseos y presentándola simplemente como un medio para obtener placer, tal como podría hacerlo un vibrador u otro juguete sexual.