jueves, 27 de enero de 2011

Maquillaje

Cuando decidí escribir sobre este tema, le conté a alguien mi idea, a lo que respondió: ¿eso tiene historia? Esta pregunta me hizo dar cuenta de que –con frecuencia- la historia se percibe como reservada a temas complejos y dramáticos, y no se asocia con los componentes más elementales de nuestra cotidianidad.

Por eso, hoy vamos a adentrarnos en un tema inicialmente ligero y banal, que sorpresivamente se tornará revelador y dejará dentro de cada lector más preguntas que respuestas. ¿Qué es la historia, sino una base sobre la cual plantear cuestionamientos que pueden cambiarlo todo?

Antes de ahondar en los comienzos del maquillaje, quiero referirme a la etimología de la palabra ‘cosmético’. Hay dos análisis, que coinciden en que proviene del término griego kosmos. La discrepancia radica en la mutación de su significado con el paso del tiempo. Inicialmente se refería al orden, la armonía; posteriormente se utilizó para definir el espacio circundante, el ‘mundo’. Por eso, ‘cosmético’ –en su origen- se define como ‘lo armonioso’, y como ‘perteneciente al mundo’ o ‘mundano’.

Hacia el año 4000 a. C., encontramos las primeras referencias al uso de maquillaje, en Egipto. Vestigios en las tumbas revelan que se empleaba como protección contra el sol, mediante aceites hidratantes y khol (grafito) para los ojos. También lo hacían los griegos, romanos, asirios y persas de la época. Con el tiempo, incluyeron colores en los párpados, ocres para las mejillas y henna para teñir la piel, las uñas y el pelo.

Hacia el siglo I d. C., algunas de estas culturas comenzaron a blanquear la piel del rostro con preparaciones tóxicas a base de yeso, harina, tiza y albayalde (plomo). También se depilaban las cejas. Estas tendencias se mantendrían durante un período muy largo, como veremos más adelante.

Tras un receso en la atención al cuidado personal, por la caída Imperio romano (476 d. C), Europa recobró el interés por la cosmética, los atuendos lujosos y los peinados elaborados. Durante la Edad Media (ss. V a XV), sus mujeres llevaron al extremo el concepto de piel pálida -que representaba bienestar económico-, sufriendo envenenamientos por los componentes de los productos faciales.

El Renacimiento (ss. XV a XVI) mantiene las tendencias anteriores, junto a las cejas extremadamente delgadas (o desaparecidas) y perfumes para disimular el mal olor corporal, ya que la higiene era deficiente. Las mujeres llevaban tonos rubios o blancos en el cabello (influencia italiana), y tocados elaborados. Usaban delineador negro en los ojos, párpados azules y labios dibujados en forma de corazón, tono rojo.

En la época isabelina (1577 a 1590) se retornó al look natural, ya que se asoció el maquillaje a la mala salud, dado que se empleaba para esconder enfermedades. Las mujeres sólo usaban clara de huevo para dar brillo a la cara. Otras recomendaciones se publicaron en un libro anónimo escrito en castellano (siglo XVI), titulado ‘Manual de mujeres en el cual se contienen muchas y diversas recetas muy buenas’.

Los siglos XVII y XVIII son considerados la ‘edad de oro de la cosmética’, con Francia (en particular Versalles) como epicentro, tanto en maquillaje como en estilismo y moda. Incluso los hombres usaban diferentes elementos para ataviar su imagen personal, al punto de lucir afeminados. Se apreciaban los lunares como detalles estéticos, pintándolos con lápiz o adhiriendo puntos de terciopelo a la piel. Poco a poco se incluyeron elementos más estrambóticos, hasta conseguir una imagen grotesca y antinatural. No obstante, fueron los franceses quieren agregaron vida a los rostros, con colores fuertes y cálidos.

En este período tiene lugar el surgimiento de las geishas, en Japón (1750), mujeres bellas e inteligentes, admiradas y respetadas, educadas en canto, baile y conversación, para acompañar a hombres adinerados en reuniones, o amenizar eventos. El particular maquillaje que usan es –tal vez- su elemento con mayor recordación a nivel mundial, ya que comprende un cutis completamente blanco, labios rojos, y cejas y ojos delineados de negro, lo cual brinda armonía al rostro, según los cánones de belleza en ese país.

El siglo XIX trajo una preocupación marcada por eliminar las líneas de expresión, para lo que desarrollaron una técnica conocida como ‘esmaltado de cara’, que consistía en lavarla con líquidos alcalinos, cubrirla con pasta para rellenar, sobre la que se adhería una película de arsénico y plomo, ¡que se retiraba pasado un año! No es difícil imaginarse el estado de la piel al remover tal máscara.

Sigue la obsesión por la piel blanca, ahora con la intención de lucir enfermo, ingiriendo vinagre y limón para aclararla, o sustancias venenosas. Se pintaban las ojeras de azul y se resaltaban las venas, para mostrar sensibilidad cutánea (como símbolo de alto estrato socioeconómico, ya que las damas de la sociedad nunca se exponían a trabajos y por lo tanto debían tener una piel en extremo delicada). La figura se estiliza al máximo, consiguiendo estrechas cinturas por medio de corsés, que incluso llegaban a producir deformidades y desplazamientos en los órganos internos, problemas intestinales y otras enfermedades.

Con la reina Victoria (s. XIX y comienzos del XX), se sataniza la práctica de maquillarse, considerada de prostitutas y actrices (rol que no era bien visto). Sin embargo, se mantiene el interés por la piel blanca, para lo que se toman medidas como cubrir la piel y usar sombrilla al salir en el día. Para adherir un poco de color a las mejillas, las mujeres en secreto se pellizcaban la cara o la frotaban con jugo de remolacha.

El siglo XX trajo muchas novedades al mundo del maquillaje. En 1900 nació la industria como tal, dedicada a su producción y distribución, ayudada por los medios masivos de comunicación, que popularizaron a las mujeres con ‘rostros perfectos’.

Max Factor, un antiguo maquillador del Ballet Imperial Ruso, a comienzos de siglo, llega a Los Ángeles (Estados Unidos) para vivir con su familia y ampliar su negocio, por medio de la fabricación de perfumes y cosméticos, inicialmente sólo dirigidos a productoras cinematográficas, logrando gran aceptación. Surgen los esmaltes para uñas en 1924, y en la década del 30 se crean productos cosméticos a bajos costos, para todos los estratos. Se popularizan marcas como Elizabeth Arden, Revlon y Lancôme.

La Segunda Guerra Mundial relega el interés en el cuidado estético, e implanta una cultura de austeridad que no permite destinar presupuesto para ello. Las mujeres, muy creativas, acudían a trucos para ‘embellecer’ sus rostros, como aplicarse betún de zapatos en pestañas y cejas (América), y colorear los pómulos con pétalos de rosa y vino tinto (Europa). Las únicas que no podían recurrir a ninguna estrategia eran las alemanas, pues el régimen Nazi vetó el uso de cosméticos.

En los años 50, la moda sufre un cambio a nombre de Chanel, quien impone lanzar diferentes colores de acuerdo a la temporada, y combinar los tonos de la cara con los de la ropa y los accesorios. También se inventó el tacón puntilla (o aguja), popularizado por Sofía Loren, Eva Perón y Elizabeth Taylor.

Las diversas revoluciones de los años 60 también diversificaron las tendencias estéticas, yendo desde las damas de sociedad (Jackeline Kennedy), hasta las psicodélicas hippies. En 1968, Veruschka de Lehndorff -descendiente de la nobleza prusiana- pone de moda el maquillaje corporal.

En los años 70 (recordada como la década del mal gusto, por sus excéntricas combinaciones y excesos en la moda) nace Clinique, línea norteamericana que produce cosméticos con fines médicos, para tratar problemas de la piel. También se masifican los autobronceadores, pues está de moda la piel trigueña.

Los 80 traen el maquillaje permanente, así como el look descomplicado. Esta tendencia continúa en los 90, pero en el final se tuerce hacia los cuerpos antinaturales producidos por la anorexia, lucidos por modelos esqueléticas en las pasarelas de París, Milán y Nueva York (a lo Kate Moss).

Actualmente, encontramos fusionadas la cosmética, la tecnología y la medicina, dando como resultado una ciencia conocida como cosmetología, que estudia los tratamientos para embellecer piel.

No es de extrañar entonces que contemos en el mercado con gran cantidad de productos ecológicos, benéficos para la salud y de alta calidad. Algunos de ellos inteligentes, capaces de adaptarse a todos las condiciones cutáneas. En cuanto al canon de belleza, se busca la apariencia natural y única de cada mujer, privilegiando la comodidad y la facilidad de aplicación.

La industria cosmética es muy importante en países como Estados Unidos, Francia e Italia, donde constituye un sector importante del mercado. En Colombia, según cifras del DANE, genera 15.079 empleos directos, y constituye el 4,23% de la producción nacional, además de exportar (ampliamente) protectores solares, bronceadores, jabones, champú, lociones capilares y perfumes, entre otros.

En términos ideológicos, existen posiciones radicales en contra del uso de maquillaje, como las adoptadas por líneas extremistas de algunas confesiones religiosas o regímenes políticos.

Ni a favor, ni en contra

Yo, a decir verdad, no entro ni a promover ni a desestimular su práctica. No acostumbro usarlo a menos que sea absolutamente necesario, y creo firmemente que no hacerlo me puede ayudar a conservar una apariencia joven y natural, por más tiempo. Lo que no me parece, es que las mujeres lo usen movidas por complejos. Tengo amigas que no son capaces de salir por una bolsa de leche a la esquina, si no se maquillan antes. Obviamente, su rostro luce espantoso cuando están acabadas de levantar, porque tienen a los demás tan acostumbrados a verlas ‘pintadas’ a toda hora, que son casi irreconocibles, tal y como Dios las creó (sin cosméticos, ojo, sólo me refiero a eso).

Creo que el maquillaje como martirio y dependencia debe ser anulado por completo, dejar de ser regla y convertirse en opción, incluso en la cotidianidad de muchas empresas que con tanto sigilo observan a la que se atrevió a ir a trabajar ‘cari lavada’.

Bien lo decía Mecano en su canción que lleva el nombre que nos ocupa: “No me mires, no me mires, déjalo ya, que hoy no me he puesto maquillaje, y mi aspecto externo es demasiado vulgar, para que te pueda gustar. […] Mira ahora, mira ahora puedes mirar, que ya me he puesto maquillaje, y si ves mi imagen te vas a alucinar, y me vas a querer besar”.

Creo que no funciona como substituto del amor propio y la seguridad personal, pero –de resto-, cada quien…

viernes, 10 de diciembre de 2010

Pornografía

“Oh, qué será, qué será, que vive en las ideas de los amantes, que cantan los poetas más delirantes, que juran los profetas emborrachados. Está en la romería de los mutilados, está en la fantasía de los infelices, está en el día a día de las meretrices, en todos los bandidos y desvalidos. En todos sus sentidos, será qué será, que no tiene decencia y nunca tendrá, que no tiene censura y nunca tendrá, y le falta sentido”, Willie Colón, ‘Oh qué será.

PUES, ¡SEXO!, ¿QUÉ MÁS VA A SER? Deleite para el género humano y uno que otro mamífero, motivación de motivaciones, razón de discordias, peleas y matrimonios rotos, ardid de obsesiones, catalizador de tragedias, tormento adolescente, herramienta de poder, estrategia publicitaria y hasta mercancía altamente valorada.
   

Sí, desde siempre el ser humano se ha valido del sexo para alcanzar diferentes propósitos. Unos nobles, otros cuestionables y hasta los más perversos han tenido cabida en su trasegar histórico. Tal vez una de las vertientes más conocidas sea la pornografía, el tema que nos ocupa hoy.

Esta palabra proviene del término griego πορνογραφíα. La adaptación al castellano se divide en porne (prostituta), y grafía (descripción), traduciéndose como la definición del ejercicio de esta práctica y de las personas que la desempeñan. Hoy se entiende, por pornografía, toda representación de actos sexuales, con el fin de producir excitación en los espectadores. La RAE la define como "carácter obsceno de las obras literarias o artísticas“.

En la antigüedad encontramos múltiples representaciones del cuerpo humano desnudo, así como de diversas actividades sexuales, pero no con fines eróticos sino mágicos (atraer la fertilidad) o formativos (ilustrar a la población o dejar constancia), tales como las , los templos de Khajuraho, el Kama Sutra o los frescos de Pompeya.

Aunque la difusión del cristianismo prohibió tales reproducciones, durante el renacimiento hubo diversos artistas que dedicaron sus obras al éxtasis físico (sexual o místico), como Bernini, (ver ‘Éxtasis de Santa Teresa y ‘Éxtasis de la beata Ludovica Albertoni’).

Fue sobre 1839, con la invención del daguerrotipo, que se difundieron las fotos de desnudos y coito, con fines comerciales. Y cuando el cinematógrafo (1895) permitió la proyección de imágenes en movimiento, la producción se amplió aun más. Un año después se conocería la primera película con el erotismo como tema central (un striptease), bajo el nombre de Lèar.
La pornografía entró al siglo XX bajo estrictas prohibiciones, lo que sólo aumentó sus adeptos y distribución clandestina. En los años 40 se le rotuló como ‘cine azul’, y no fue hasta los años 70 cuando se diferenció entre modalidad suave (softcore) o ‘S’, media (mediumcore) o ‘M’ y extrema (hardcore) o ‘X’, para diferenciar su nivel de explicitud en las escenas. La década del 60 y su revolución sexual -en Estados Unidos-, trajo como consecuencia una aceptación mayor del género. Pero fue Europa quien dio el siguiente gran paso, cuando Dinamarca legalizó el hardcore (1969), seguida por los Países Bajos.
Simultáneamente, al otro lado del Atlántico, E.E.U.U vivía la ‘Edad de Oro’ del cine porno, que se extendió hasta 1975. En el 70 se conoció la primera película explícita –con distribución masiva- en el país, bajo el nombre de Mona, the Virgin Nymph. Dos años después se realizaría el filme más famoso de su categoría: Deep Throat (Garganta Profunda), y surgiría el pionero en la temática gay, titulado Boys in the Sand (1971), que pasó a la historia por ser el primero (del género) en incluir créditos, parodiar el título de una película convencional (The Boys in the Band), y ser analizada por el diario The New York Times.
La proyección pornográfica en cines vio su final en los años 80, cuando aparecieron las cámaras de vídeo y reproductores domésticos, lo que permitió rodar películas a muy bajo costo y verlas en el anonimato de los hogares. De hecho, la derrota del sistema VHS frente a Sony Betamax (técnicamente superior), se atribuye a que los pornógrafos comenzaron a distribuir sus cintas en el primer formato, ya que resultaba más barato. Esto ocasionó que los usuarios comenzaran a reemplazar el ‘Beta’ por este nuevo aparato, obligando al resto de la industria cinematográfica a ofrecer sus producciones en VHS. Increíble, ¿no?
La innegable rentabilidad de este negocio trajo consigo mucho más que fuertes dividendos y ‘barbies’ de carne y hueso inundando la pantalla. En 1980 tuvo lugar el primer brote masivo de VIH (SIDA), ocasionando la muerte a varios actores eróticos. A raíz de esto, se creó en Estados Unidos la ‘Fundación Médica para la Industria del Cine Adulto’, que estableció pruebas mensuales, lo que redujo el contagio de ETS (enfermedades de transmisión sexual), aunque se presume que hay casos no reportados. A pesar de estos antecedentes, en 1987, Estados Unidos legalizó el hardcore. Lo más irónico es que, al día de hoy, aun no se ha regulado el uso del condón en estos filmes, pues los mismos realizadores y actores se oponen.
Los años 90 trajeron sistemas de difusión como la World Wide Web y el formato DVD, lo que le dio un nuevo impulso al porno, mejorando su calidad audiovisual y llevando la video tienda al computador de la casa, bastando un click para descargar todo el contenido imaginable. Como resultado, en 2001 los ingresos (sólo para E.E.U.U) por pornografía alcanzaron la impresionante cifra de casi 4.ooo millones de dólares, repartidos así: vídeos, 1.800 millones; Internet, 1.000 millones; Revistas, 1.000 millones; cable (‘pague por ver’), 128 millones; y Telefonía (líneas calientes), 30 millones.
Y mientras las ganancias aumentaban, superando a Hollywood en 2005, un nuevo contagio masivo de VIH cobró las vidas de otros cinco actores, impulsando nuevos estudios que arrojaron conclusiones como que el porcentaje de ETS era mayor en actores eróticos que en el resto de la población, que el 50% de los actores de porno gay son portadores del SIDA, y que sólo un 20% -de todos- usa condón en grabaciones (estadísticas vigentes).
Hoy, sigue siendo Estados Unidos el mayor productor y consumidor mundial de pornografía, con Los Ángeles (California) como epicentro, más específicamente, el sector de San Fernando Valley. Hungría, por su parte, encabeza la industria europea.
La pornografía en Latinoamérica y Colombia
Debido a la influencia moralizante del cristianismo, la producción regional no ha tenido mucha acogida entre el público. Actualmente, sólo Brasil (que lleva la delantera con 20 películas anuales), Argentina y México, cuentan con una producción continua de filmes eróticos. Países como Colombia, Chile y Perú, realizan entre dos o tres al año.
La historia nacional comienza a mediados de los años 70, con Colombia como pionera junto a Brasil. Hoy, es Bogotá el ‘principal centro de operaciones’. En literatura resalta el best seller de Hernán Hoyos, Crónicas de la vida sexual (1940). Y, a nivel de televisión, existe un canal 24 horas, Kamasutra, creado por la empresaria del porno Andrea García, con difusión en Medellín. Los actores más reconocidos han sido: Gina Carrera (pionera en Colombia), quien participó en diversas producciones de alto presupuesto en Estados Unidos durante los años 80, y regresó posteriormente al país, consumida por el alcohol y el bazuco; y Jaime Ramírez, mejor conocido como Rasputín, quien cuenta con un incipiente ‘club de fans’ en Facebook.

Mucho se dice hoy en día sobre la pornografía. No falta quien habla a través de sus intereses y arguye que es ‘arte’, pues expresa la belleza de la sexualidad (¡por favor!). O que, si hoy se menosprecia es porque falta comprensión, tal como con el trabajo de Vincent Van Gogh o Pablo Picasso, en su momento (¿?). Otros, menos amañados, sostienen que es una forma de entretenimiento, y que no debe ser penalizada mientras no dañe la integridad de ninguna persona (descontando el VIH, claro) ni se la exponga más allá de su voluntad. A nivel científico, algunos estudiosos aseguran que la mayoría de las personas sólo buscan canalizar sus fantasías a través de la pantalla, que diferencian la realidad de la ficción, que no buscan recrear con su pareja lo visto, y que los consumidores de pornografía no son más violentos (sexualmente) con respecto a los que no.
Por el contrario, otros estudiosos argumentan que desvincula la sexualidad del amor, la delicadeza, el cuidado y el compromiso; promueve la promiscuidad, la infidelidad y el homosexualismo, banalizando riesgos como el contagio de ETS; alienta las relaciones de poder y dominación, ya que las mujeres -por lo regular- aparecen en una actitud servil; trastorna las expectativas del consumidor, que siente un progresivo desinterés por las relaciones de pareja cotidianas en la intimidad de su hogar; y menosprecia a la mujer, desconociendo sus deseos y presentándola simplemente como un medio para obtener placer, tal como podría hacerlo un vibrador u otro juguete sexual.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Los concursos de belleza

Cuando el rey Peleo celebró sus bodas con la ninfa de mar Tetis, invitó a todos los dioses del Olimpo, pero omitió a Eride, deidad de la discordia. Según la mitología griega, ella, en venganza, solicitó a las Hespérides una manzana de oro de su jardín, sobre la que grabó la palabra kallisti (para la más hermosa). El día la fiesta, apareció inadvertidamente y depositó dicha esfera sobre la mesa donde cenaban los asistentes, indicando que se debía entregar a la mujer más bella (la manzana de la discordia). Hera, Atenea y Afrodita se disputaron el título ante Paris, príncipe de Troya y juez designado por Zeus para tal elección.

La primera ofreció al joven todo el poder que pudiera desear, o el título de Emperador de Asia; la segunda, sabiduría o la posibilidad de vencer en todas las batallas; la última, el amor de la más bella mujer del mundo. Al decidirse por la tercera, Paris selló la perdición de su pueblo, pues esa mujer era Helena, esposa del rey de Esparta, Menelao. El príncipe la raptó y llevó a Troya, desencadenando la guerra en la que su ejército fue derrotado.

Este episodio épico es conocido como el Juicio de Paris, que atañe a nuestro tema de hoy pues es la primera referencia escrita sobre un concurso de belleza.

Aterrizando en territorios mortales, Europa cuenta con las prácticas históricas más antiguas de tal celebración, pues desde la Edad Media se seleccionaron reyes y reinas simbólicos para conmemorar diferentes ocasiones. Sin embargo, su atributo no siempre era la belleza, sino diferentes habilidades o características únicas.

Fue en Estados Unidos donde se concibió la idea moderna de los certámenes de belleza, en 1854. Aunque sin éxito, el hombre de negocios Phineas Taylor Barnum ideó un concurso de esta naturaleza, pero la mala reputación de las participantes y las protestas por parte de los ciudadanos ‘guardianes de la moral’, acabaron con su rentabilidad. Como plan alternativo, Barnum desarrolló entonces otra competencia, en la que se elegía a la mujer más hermosa a través de fotografías, las cuales eran exhibidas en su museo. Las diez finalistas recibían un retrato al óleo y la inclusión de su foto en el libro World's Book of Female Beauty.

Como esta segunda idea sí fue aceptada, y se vio que –en efecto- las mujeres hermosas eran un excelente gancho publicitario, diferentes reinados (ya en persona) comenzaron a aparecer. Un ejemplo fue el de 1880, con sede en Rehoboth Beach, Delaware, ambientado en la playa y dirigido a promocionar diferentes productos que se usaban en la región. El más elaborado de este estilo nació en 1921, con Atlantic City (New Jersey) como sede. El periodista Herb Test le dio a la ganadora el nombre de Miss America, originando este conocido certamen que aun hoy existe (aunque fue suspendido entre 1929 and 1932, por la Gran Depresión).

‘Señorita América’ después daría origen a ‘Miss Universo’, cuando Yolanda Betzebe, ganadora del título en 1951, se negó a usar en público un vestido de baño de la marca patrocinadora, recibiendo el apoyo de los organizadores del evento. La firma, sintiéndose ‘traicionada’, creó otro concurso donde no tuviera esas dificultades, y que además fuera abierto a todo el mundo.

Así, la primera reina universal fue la finlandesa Armi Helena Kuusela Kovo, coronada en 1952, en el Centro Internacional de Convenciones de Long Beach (California). ‘Miss Universo’ fue transmitido por primera vez en televisión a color en 1962, y una década después comenzó a rotar su lugar de celebración. Pese a la gran acogida que tuvo inicialmente, en 1996 se vio al borde de la quiebra; fue en este momento cuando el multimillonario Donald Trump se convirtió en su propietario, dándole el impulso necesario para convertirse en la gran ocasión que es actualmente. A lo largo de sus 58 años de vigencia, ha recibido participantes de 166 naciones, las cuales son admiradas cada año por alrededor de 1.000 millones de personas en todo el mundo, durante la velada de coronación.

En el Viejo Continente, es Gran Bretaña la sede de los concursos de belleza más importantes. El primero se realizó en 1945, bajo el rótulo de Bathing Beauty Queen, en Morecambe. La ganadora recibía siete guineas y una canasta de frutas; más tarde, el premio ascendió a 1.000 libras esterlinas. Llegado el año 1956, el concurso cambió su nombre a Miss Great Britain, que mantiene hasta hoy.

En esta isla también se realizó la primera edición de Miss World, añadida al Festival de Bretaña de 1951. Televisada por BBC desde 1959, llegó a tener una audiencia de 27,5 millones de personas, solamente en la región, más que la Copa Mundial de fútbol y los Juegos Olímpicos.

Hoy en día es uno de los concursos internacionales de belleza más importantes, junto con Miss Universo, Miss International, Miss Earth y Miss Tourism Queen International. Adicionalmente, en el mundo se realizan alrededor de 3.000 certámenes más.

En Colombia, la primera edición del reinado nacional (‘Señorita Colombia) se llevó a cabo en 1933, para celebrar los 400 años de fundación de Cartagena de Indias, sede del concurso. En esta oportunidad, la ganadora fue Yolanda Emiliani Román, representante del departamento de Bolívar, quien sostuvo el título por trece años, ya que no se volvió a realizar hasta 1947, debido a la coyuntura política (II Guerra Mundial). En su segunda edición, el título se quedó en Bolívar, con María de la Piedad Gómez Román, prima de su antecesora, quien le entregó la corona. El evento se siguió celebrando cada dos años hasta 1961, cuando comenzó a ser anual.

En 1957, la señorita Colombia fue Doris Gil, antioqueña, quien abdicó para casarse dando el título a Luz Marina Zuluaga, nacida en Pereira y representante del departamento de Caldas (Viejo). Fue la primera delegada de nuestro país en ir a ‘Miss Universo’, y ganó, en 1958. Hasta el día de hoy, ninguna otra ha logrado alcanzar este lugar nuevamente.

Algunos ‘records’

Estados Unidos es el país que ha ganado más veces en ‘Miss Universo’, un total de siete coronas; le sigue Venezuela, con seis; y Puerto Rico, con cinco.

Mary Katherine Campbell fue la única mujer elegida dos años consecutivos como Miss Universo (1922-1923). A partir de este suceso, se decidió que nadie podía aspirar al título más de una vez.

Venezuela es el país que ha ganado más coronas internacionales, pues, fuera de las conseguidas en ‘Miss Universo’, se le suman cinco con ‘Miss Mundo’. Además, sólo esta nación ha tenido dos reinas universales en forma consecutiva (2008 y 2009).

Los únicos países que han participado en todas las ediciones de ‘Miss Universo’ son Canadá y Francia, ya que Estados Unidos fue descalificado en 1957. Sin embargo, es el que ha clasificado más veces a las semifinales, en 54 ocasiones.

Suecia, con tres títulos en este mismo certamen, es el país que más veces ha salido vencedor en su continente.


Tanto como en sus inicios, los concursos de belleza siguen siendo foco de críticas, con respecto a que exponen de forma inapropiada a las mujeres. Aunque muchos de ellos han incorporado pruebas de habilidad y talento, tratando de mitigar la percepción de que las candidatas sólo se presentan para forrar y descubrir sus cuerpos perfectamente esculpidos (natural y/o artificialmente), la verdad es que la triunfadora siempre es la mejor dotada físicamente.

Sin embargo, esto no quiere decir que a ellas se las ‘ofrezca’ como ‘ganado’ o ‘mercancía’, sólo por el hecho de que son bellas y participan para que un grupo de jurados defina quién de todas lo es más. En mi concepto, siempre que el común de la población advierte que una persona recibe beneficios gracias a su físico, siente un resquemor interno que le impulsa a levantarse en contra. Muy en el fondo, no es que moleste la elección de estos ‘modelos perfectos’, sino que los demás no lo sean.

martes, 2 de noviembre de 2010

¡Cumbia!

Va subiendo la corriente, con chinchorro y atarraya, la canoa de bareque, para llegar a la playa. La luna espera sonriente, con su mágico esplendor, la llegada del valiente, el alegre pescador… (El pescador, por José Barros)

Tiene la facultad de erizar la piel de los extranjeros al tañer de sus tambores, puede revivir a los muertos, alegrar una noche vacía, sonar melodiosa en cualquier garganta, hipnotizar con su cadencia y grabarse con tinta indeleble en la memoria.

¿De qué hablo?

La cumbia es un ritmo musical y un tipo de baile folclórico, autóctono de la Costa Caribe colombiana. De ella provienen géneros tan conocidos como el porro, el paseo, el son, la puya, el fandango y hasta el bullerengue.

Nace en el valle del río Magdalena, más particularmente en la zona denominada ‘depresión momposina’. Comprende diversas poblaciones de tres departamentos: Magdalena, Cesar y Bolívar.

Surge y evoluciona lentamente, desde el momento en que confluyen tres culturas dispares: los indígenas nativos, los negros africanos y los colonizadores españoles, comenzando el siglo XVI.

Deriva de los areitos (palabra que traduce ‘bailar cantando’), pregones de los esclavos que se usaban como recurso mnemotécnico para mantener la tradición oral de su cultura. Danzaban en ronda, dentro de la cual se ubicaba un orador, rodeado por músicos con sus instrumentos, y detrás los bailarines que daban vueltas con sus brazos en lo alto, sosteniendo candiles. Utilizaban la flauta de millo, diversos tambores (llamador, alegre y tambora) y maracas.

Con el tiempo, la letra fue abarcando temas más cotidianos, y el baile se fue haciendo más y más sensual, alimentado por los expresivos movimientos que desde siempre han caracterizado a los afro descendientes. La vestimenta, por su parte, fue atravesada por la iconografía flamenca, incorporando las faldas largas (polleras), encajes y flores en el pelo; para los hombres, camisa y pantalón blancos, pañuelo rojo al cuello y sombrero (similar al atuendo típico de los encierros de San Fermín en Pamplona, España). Se adicionaron elementos locales, como el guache, la guacharaca y las gaitas del Pacífico (hembra y macho).

Así trascendió, hasta que en 1950 se grabaron las primeras cumbias para comercializar, siguiendo una línea conservadora a nivel instrumental (flauta de millo y tamboras). Por la misma época, Lucho Bermúdez, el principal exponente de los ritmos autóctonos en toda la historia de Colombia, lanza la canción Danza negra, mejor conocida como Cumbia colombiana, interpretada por Matilde Díaz. Él fue el responsable en la adaptación de la cumbia a orquesta completa. Una de sus piezas más conocidas es nada más y nada menos que Prende la vela, perteneciente al género mapalé.

En la misma década se destacaron artistas como Pacho Galán (creador del merecumbé), compositor solista y arreglista de la Atlántico Jazz Band; Juan Jiménez ‘Guayaspa’ (cumbia cienaguera); y Efraín Mejía (cumbia soledeña). Posteriormente lograron gran reconocimiento grupos como Los Gaiteros de San Jacinto, Los Corraleros de Majagual, Los Hispanos, Los Graduados, y Billo’s Caracas Boys.

Hoy en día contamos con múltiples variaciones de la cumbia, tanto dentro como fuera del país. Aunque prácticamente hay una por cada población de la costa, se pueden clasificar en cuatro grupos: clásica, forma más pura, netamente instrumental; moderna, incluye voces; vallenata, incorpora el acordeón; y cumbiamba, propia del Carnaval de Barranquilla, de ritmo más rápido, mayor instrumentación y baile muy animado.

Fuera del país, podemos resaltar el cumbión tropical, combinado con merengue, que usa aires metálicos (saxofones barítonos), y fue creado por la orquesta venezolana Billo's Caracas Boys; es lo que en Colombia conocemos como chucu chucu, teniendo como ejemplo claro la canción Pasito tun tun. La cumbia villera, propia de las villas miseria (barrios populares) de Buenos Aires –Argentina-, e influenciada por ritmos andinos. Y tres vertientes mexicanas: tropical, caracterizada por instrumentos cubanos como trompetas, trombones y timbales (bautizada así porque en ese país llaman ‘música tropical’ a todos los ritmos del Caribe); cumbia rock, adornada por batería y guitarra eléctrica (precedente de la Tecnocumbia); y sonidera, rama más reciente, con mezclas y efectos electrónicos creados por DJ's (sonideros).

¿Y ahora qué?

En cuanto al presente y al futuro de la cumbia, particularmente la colombiana, hay que decir que, si bien algunos pocos exponentes preservan los lineamientos originales del ritmo (Los Gaiteros de San Jacinto, Totó La Momposina, Petrona Martínez y Maria Mulata), el camino está claramente trazado hacia la fusión, buscando aceptación entre el público joven local y proyección internacional.

En este segundo grupo se destacan: Humberto ‘El Mago’ Pernett, Sidestepper, Érika Muñoz, Bomba Estéreo, Son Mocaná y Checo Acosta, entre otros.

Irónicamente, a nivel internacional ha tenido mayor difusión la cumbia de otros países, como la argentina o la mexicana. Cabe resaltar que, en parte, su éxito se debe a que los habitantes apoyan fielmente sus tradiciones musicales, y las prefieren –en muchos casos- a corrientes que vengan del exterior. No quiero decir con esto que en Colombia rechacemos la cumbia, pero cabría analizar qué tanto estamos aportando a su preservación y trascendencia, así como en el apoyo a nuevas agrupaciones.

Por esa razón, quiero cerrar esta entrada reconociendo la valiosa labor de artistas, blogueros, emisoras y fundaciones que se dedican a la promoción de la cumbia y los demás géneros autóctonos (que son muchos), porque –considero- que han encontrado una única y extraordinaria forma de ‘hacer país’. El sentido patriótico debe ir más allá de las manillas tricolor y el café. Valdría la pena preguntarse en qué otros espacios está faltando presencia.