Va subiendo la corriente, con chinchorro y atarraya, la canoa de bareque, para llegar a la playa. La luna espera sonriente, con su mágico esplendor, la llegada del valiente, el alegre pescador… (El pescador, por José Barros)
Tiene la facultad de erizar la piel de los extranjeros al tañer de sus tambores, puede revivir a los muertos, alegrar una noche vacía, sonar melodiosa en cualquier garganta, hipnotizar con su cadencia y grabarse con tinta indeleble en la memoria.
¿De qué hablo?
La cumbia es un ritmo musical y un tipo de baile folclórico, autóctono de la Costa Caribe colombiana. De ella provienen géneros tan conocidos como el porro, el paseo, el son, la puya, el fandango y hasta el bullerengue.
Nace en el valle del río Magdalena, más particularmente en la zona denominada ‘depresión momposina’. Comprende diversas poblaciones de tres departamentos: Magdalena, Cesar y Bolívar.
Surge y evoluciona lentamente, desde el momento en que confluyen tres culturas dispares: los indígenas nativos, los negros africanos y los colonizadores españoles, comenzando el siglo XVI.
Deriva de los areitos (palabra que traduce ‘bailar cantando’), pregones de los esclavos que se usaban como recurso mnemotécnico para mantener la tradición oral de su cultura. Danzaban en ronda, dentro de la cual se ubicaba un orador, rodeado por músicos con sus instrumentos, y detrás los bailarines que daban vueltas con sus brazos en lo alto, sosteniendo candiles. Utilizaban la flauta de millo, diversos tambores (llamador, alegre y tambora) y maracas.
Con el tiempo, la letra fue abarcando temas más cotidianos, y el baile se fue haciendo más y más sensual, alimentado por los expresivos movimientos que desde siempre han caracterizado a los afro descendientes. La vestimenta, por su parte, fue atravesada por la iconografía flamenca, incorporando las faldas largas (polleras), encajes y flores en el pelo; para los hombres, camisa y pantalón blancos, pañuelo rojo al cuello y sombrero (similar al atuendo típico de los encierros de San Fermín en Pamplona, España). Se adicionaron elementos locales, como el guache, la guacharaca y las gaitas del Pacífico (hembra y macho).
Así trascendió, hasta que en 1950 se grabaron las primeras cumbias para comercializar, siguiendo una línea conservadora a nivel instrumental (flauta de millo y tamboras). Por la misma época, Lucho Bermúdez, el principal exponente de los ritmos autóctonos en toda la historia de Colombia, lanza la canción Danza negra, mejor conocida como Cumbia colombiana, interpretada por Matilde Díaz. Él fue el responsable en la adaptación de la cumbia a orquesta completa. Una de sus piezas más conocidas es nada más y nada menos que Prende la vela, perteneciente al género mapalé.
En la misma década se destacaron artistas como Pacho Galán (creador del merecumbé), compositor solista y arreglista de la Atlántico Jazz Band; Juan Jiménez ‘Guayaspa’ (cumbia cienaguera); y Efraín Mejía (cumbia soledeña). Posteriormente lograron gran reconocimiento grupos como Los Gaiteros de San Jacinto, Los Corraleros de Majagual, Los Hispanos, Los Graduados, y Billo’s Caracas Boys.
Hoy en día contamos con múltiples variaciones de la cumbia, tanto dentro como fuera del país. Aunque prácticamente hay una por cada población de la costa, se pueden clasificar en cuatro grupos: clásica, forma más pura, netamente instrumental; moderna, incluye voces; vallenata, incorpora el acordeón; y cumbiamba, propia del Carnaval de Barranquilla, de ritmo más rápido, mayor instrumentación y baile muy animado.
Fuera del país, podemos resaltar el cumbión tropical, combinado con merengue, que usa aires metálicos (saxofones barítonos), y fue creado por la orquesta venezolana Billo's Caracas Boys; es lo que en Colombia conocemos como chucu chucu, teniendo como ejemplo claro la canción Pasito tun tun. La cumbia villera, propia de las villas miseria (barrios populares) de Buenos Aires –Argentina-, e influenciada por ritmos andinos. Y tres vertientes mexicanas: tropical, caracterizada por instrumentos cubanos como trompetas, trombones y timbales (bautizada así porque en ese país llaman ‘música tropical’ a todos los ritmos del Caribe); cumbia rock, adornada por batería y guitarra eléctrica (precedente de la Tecnocumbia); y sonidera, rama más reciente, con mezclas y efectos electrónicos creados por DJ's (sonideros).
¿Y ahora qué?
En cuanto al presente y al futuro de la cumbia, particularmente la colombiana, hay que decir que, si bien algunos pocos exponentes preservan los lineamientos originales del ritmo (Los Gaiteros de San Jacinto, Totó La Momposina, Petrona Martínez y Maria Mulata), el camino está claramente trazado hacia la fusión, buscando aceptación entre el público joven local y proyección internacional.
En este segundo grupo se destacan: Humberto ‘El Mago’ Pernett, Sidestepper, Érika Muñoz, Bomba Estéreo, Son Mocaná y Checo Acosta, entre otros.
Irónicamente, a nivel internacional ha tenido mayor difusión la cumbia de otros países, como la argentina o la mexicana. Cabe resaltar que, en parte, su éxito se debe a que los habitantes apoyan fielmente sus tradiciones musicales, y las prefieren –en muchos casos- a corrientes que vengan del exterior. No quiero decir con esto que en Colombia rechacemos la cumbia, pero cabría analizar qué tanto estamos aportando a su preservación y trascendencia, así como en el apoyo a nuevas agrupaciones.
Por esa razón, quiero cerrar esta entrada reconociendo la valiosa labor de artistas, blogueros, emisoras y fundaciones que se dedican a la promoción de la cumbia y los demás géneros autóctonos (que son muchos), porque –considero- que han encontrado una única y extraordinaria forma de ‘hacer país’. El sentido patriótico debe ir más allá de las manillas tricolor y el café. Valdría la pena preguntarse en qué otros espacios está faltando presencia.
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