No voy a empezar con una definición de diccionario, pero tampoco voy a dar nada por sentado. Porque, si bien es una de las demostraciones de afecto más instintivas del ser humano, también es una de las prácticas sobre la que menos se conocen sus antecedentes.
Es tan antiguo como nuestra especie. Aunque nadie puede determinar con exactitud cuándo se dio el primero, si se sabe que surgió de la madre hacia el hijo, y que se relaciona con la succión que ejerce el bebé para hacer fluir la leche materna del seno.
Desde entonces, se ha erigido como un lenguaje universal para expresar toda clase de afectos, variando los lugares del cuerpo donde se deposita, la intensidad con que se practica y el contexto social.
Fue plasmado por primera vez en la piedra, hacia el año 1000 de nuestra era, para adornar las fachadas de los templos de Khajuraho, en la India (sí, los de las posiciones eróticas descritas en el Kama Sutra).
Sin embargo, y a pesar de tan abiertas representaciones, la difusión del cristianismo (más específicamente de la rama católica romana) por Europa –durante la Edad Media- trajo consigo una total satanización de las expresiones románticas (incluso privadas), y le otorgó un carácter sacro al beso, pues a través suyo (se creía) se transfería el aliento vital, el alma.
Ya, en el Renacimiento, adquirió tono social, considerándose una señal de respeto el besar la mano (o el anillo) de un superior, fuera familiar, gobernante o prelado. Para demostrar afecto, las personas muy cercanas –y del mismo sexo- podían besarse en la mejilla; sólo se permitían los ‘mixtos’ entre esposos.
La Revolución Industrial trajo consigo un revés para los fanáticos del beso, pues se prohibió –casi universalmente- su práctica en público (por pudor y por salubridad). Este veto repercutió más adelante, durante el surgimiento del hippismo (años 60), ya que los jóvenes tomaron esta expresión de afecto como medio ideal para protestar contra los estándares sociales de la época que no compartían (por eso no falta el besito en todo documental de Woodstock).
El cine también cumplió su cuota de difusión del beso, y muy prematuramente. En 1895 se filmó el primero, con el actor John Rice y la bailarina de Broadway May Erwin como protagonistas. El corto, de 50 segundos de duración, contenido en una cinta de celulosa de 11 metros y creado para cinematógrafo, se tituló justamente El Beso (fragmento de la obra teatral ‘La viuda Jones’). A pesar de que la escena es bastante conservadora, le acarreó numerosas críticas y censuras a su realizador, Thomas Alva Edison, quien incluso fue señalado como ‘depravado’ (¿qué tal si esos ‘jueces’ vieran 15 minutos de la televisión de hoy?).
Por supuesto, tales comentarios no lograron detener el avasallante aumento de las manifestaciones románticas (y eróticas) en la pantalla, todo lo contrario. En 1940, los actores Regis Toomey y Jane Wyman, se entregaron mutuamente en el beso más largo jamás filmado (3:05 minutos), de acuerdo con el registro de Guinness World Records, en la comedia You’re in the army now.
Sea como fuere, tanto trasegar del beso, tanto practicarlo y reinventarlo, ha generado un sinnúmero de técnicas, clasificaciones y posibilidades, de las que vale la pena mencionar algunas.
Empecemos con el Kama Sutra, que describe tres clases: nominal, donde los labios apenas se tocan; palpitante, en el que se mueve el labio inferior; y de tocamiento, que incluye la participación de la lengua.
También tenemos los treinta tipos de beso reseñados por William Cane, profesor del Boston College, en su libro El arte de besar. El autor explica minuciosamente el procedimiento para cada uno, como por ejemplo el del beso eléctrico, en el que uno de los participantes debe frotar con sus pies descalzos una alfombra, para cargarse con partículas eléctricas negativas y hacer brotar chispas al rozar los labios del otro.
Y los infaltables cotidianos, que todos los ‘emparejados’ (o casi todos) practicamos, como el beso seco o simple (el popular ‘pico’); de succión, en el que se trae al interior de la boca el labio inferior del otro, incluso mordiéndolo con suavidad; el de lado, donde cada uno inclina su cabeza en sentido opuesto; y el francés o de lengua, entre muchos, muchos otros.
No hay que olvidar los besos ‘no románticos’, en la mejilla (a veces uno solo, a veces dos y hasta tres), que se utilizan como saludo en muchos países occidentales. La forma varía casi que en cada nación, como lo veremos más adelante.
Pero volvamos a los besos apasionados por un momento, ya que la ciencia nos hace importantes aportes al respecto. Para los que no lo sabían, existe toda una ciencia dedicada al estudio de los ósculos (o besos, ¿qué pensaron?), denominada Filematología.
Se ha podido establecer que, cuando hay intercambio de saliva y roce de las lenguas, ocurre lo siguiente:
- Se ejercitan alrededor de treinta músculos de la cara y 17 de la lengua.
- Hay un intercambio de más de 350 bacterias, entre personas saludables; y 3.500, si alguno tiene caries o infecciones en la garganta.
- Confluyen los tres sentidos más relacionados con el deseo sexual: gusto, tacto y olfato.
- El ritmo cardiaco pasa rápidamente de setenta a 150 pulsaciones por minuto.
- Se queman diez calorías al comenzar, y hasta 26 cuando la pasión aumenta lo suficiente.
- Es liberada al torrente sanguíneo una gran cantidad de químicos, entre los que se encuentran la endorfina, responsable de la sensación de bienestar; noradrenalina y feniletilamina, que estimulan el placer y el buen humor; testosterona, que incrementa el deseo sexual; dopamina, sustancia que puede alentar el ‘amor obsesivo’; y oxitocina, relacionada al apego, que nutre las relaciones de largo plazo. Además, se reducen los niveles de cortisol, hormona asociada al estrés.
Hoy podría resultar extraño, pero en la antigüedad, los hombres persas del mismo nivel social podían besarse en la boca al momento de saludarse. Los griegos, por su parte, también lo permitieron hasta el siglo IV a. C., pero sólo entre el padre y sus hijos, o entre hermanos o amigos muy próximos, como señal de afecto.
Los celtas, grupo de pueblos indoeuropeos, antaño ubicados en gran parte del 'Viejo Continente', iban más allá, pues creían que los besos tenían propiedades curativas.
Posteriormente, durante el Renacimiento, el beso en la boca se consideraba como un saludo común. De hecho, los nobles franceses podían besar a cualquier mujer que quisieran. Al mismo tiempo, en Italia, si un hombre besaba a una doncella (mujer soltera y que se presumía virgen) en público, estaba obligado a casarse con ella.
Pero, el más escalofriante de los ‘estilos’ para besar fue develado en 1929, cuando el antropólogo polaco Bronislaw Malinowski publicó su libro La vida sexual de los salvajes del nordeste de la Melanesia, en el que reseñaba las costumbres de los habitantes de las islas Kiriwina (archipiélago localizado al oriente de Nueva Guinea, Australia). Al parecer, como preámbulo al sexo, los nativos realizaban un juego de contacto, que comenzaban frotando la nariz con la de su pareja, para luego pasar a los besos y finalmente a los mordiscos. Describe el autor que "también intercambian sanguinolenta saliva de boca a boca y, en los momentos más intensos, se tiran del pelo con tanta fuerza que frecuentemente arrancan mechones de la cabeza de su amado”.
Y, en la historia reciente, tenemos que los integrantes de la Cosa Nostra (mafia siciliana) besaban a su enemigo en la boca, con el fin de anunciarle una sentencia de muerte.
Actualmente existen modalidades muy particulares, sobre todo entre grupos étnicos minoritarios. Por ejemplo, el ‘beso’ de amor de los esquimales consiste en frotar suavemente las narices de ambos miembros de la pareja, una contra la otra, como buscando percibir el perfume de la piel. Otro que llama la atención es el acostumbrado en algunos países orientales, en los que se da en el cuello (con fines románticos únicamente), no en los labios.
Los besos también se consideran una señal de respeto hoy en día. No olvidemos que los creyentes cristianos católicos besan, como gesto de reverencia, a sus superiores eclesiásticos en la mano o el anillo.
En cuanto a la cantidad de besos que se dan los habitantes del mundo, al saludarse, tenemos la siguiente estadística:
Los europeos son los que más besos dan, uno en cada mejilla, durante sus presentaciones sociales; de hecho, los rusos –entre amigos solamente- se dan tres besos cerca de los labios.
Siguen los latinoamericanos, que dan un solo beso en la mejilla, incluso entre hombres, como es el caso de Argentina, Chile y Uruguay. En Colombia, El Salvador, México, Honduras, Costa Rica, Paraguay, Panamá, Perú, República Dominicana, Venezuela y Ecuador, sólo se acostumbra entre hombre y mujer o entre mujeres; los hombres heterosexuales se estrechan la mano o se abrazan. La excepción son los brasileños, que dan dos besos, como sus pares portugueses.
Los norteamericanos saludan con un solo beso a personas de confianza, pero a los nuevos conocidos les extienden la mano (sean hombres o mujeres).
Y finalmente tenemos a los orientales, que son los que menos lo utilizan. Ellos saludan con una venia o un asentimiento de la cabeza, acompañado de una respetuosa sonrisa. En los países árabes y judíos sí se usa el beso en la mejilla entre varones.
Uno, dos o tres; en la mejilla, en la boca, en el cuello o en las manos; por amor, por respeto, por pasión o como antesala del sexo, siempre habrá tanto, tanto que decir sobre la expresión más sublime de amor. Ante ella, todos enmudecen. Sobran las palabras pero escasea el aliento, para comprender y expresar cabalmente la extraordinaria y a la vez simple experiencia que se esconde tras un beso.
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